domingo, 15 de marzo de 2009

Que vengan los mejores



Reproduzco un artículo publicado en ABC sobre dos castas que tienen su vida asegurada, pase lo que pase: políticos y funcionarios.

Aunque a veces, con excesivo optimismo, se les califica de “servidores públicos” desafortunadamente demasiadas veces responden al tópico de vagos y deshonestos. Lo más lamentable si cabe es generalizado en todos los partidos. Basta comprobar los casos de corrupción que están apareciendo en el PP y la larga lista de casos de corrupción en las filas socialistas. Parece que sea algo normal.

Podemos remontarnos a la antigua Grecia para recordar la filosofía aristotélica que contraponía aristocracia, el gobierno de los mejores en beneficio de todos, a oligarquía, unos pocos gobiernan en beneficio propio y de sus facciones, prescindiendo del interés general.

La democracia, el gobierno del pueblo, debería asimilarse a esa idea de aristocracia si el pueblo eligiera a los mejores como representantes de todos. Desgraciadamente, la teoría queda lejos de la realidad, algo falla en el sistema.

Hoy El Mundo publica que más de 1200 cargos autonómicos utilizan coche oficial con chófer. La mayoría optan por el Audi A8, que como todos sabemos es un sencillo utilitario.

En cuanto a los funcionarios, los principios de mérito y capacidad que exige la Constitución (artículo 103) para acceder a la función pública quedan sustituidos por razones de amigismos y picaresca. En otro artículo que recomiendo se habla también del nepotismo que impera en las universidades españolas. Se incentiva a los profesores que cuentan con influencias dentro de la universidad a pesar de estar menos preparados que otros profesionales que después de vivir el día a día en empresas privadas podrían trasladar sus experiencias a las nuevas generaciones. Los principales perjudicados son los estudiantes y por ende, la sociedad en general.

Hoy en La Vanguardia se publica la cantidad de funcionarios existentes por Comunidades Autónomas, destacando Extremadura con un ratio de 8 por cada cien habitantes.

Son muchos los chistes de funcionarios y también los casos reales que parecen chistes. En el libro “De 8 a 3, anécdotas de funcionarios”, Joan Martínez Vergel explica casos esperpénticos como aquel en el que un funcionario solicitaba el pago de dietas por 25 horas de trabajo en un día… lo peor es que se las pagaron.

Por desgracia, el amor por el trabajo bien hecho apenas tiene cabida en el sector público hoy en día, incluso está mal visto por los demás pues no vaya a ser que si el compañero de al lado trabajo, simplemente cumpliendo con su labor, los demás también tengan que esforzarse un poco por lo que conviene persuadirle que haga lo mismo que todos o arrinconarlo en tareas en las que no pueda destacar.

¡¡¡Cuánto potencial humano dejamos perder así!!!

Socialismo flotante


...Con excepciones valiosas, en los partidos, las administraciones o las instituciones, los buenos caen en el fatalismo, los tibios prosperan sin gloria; los integrantes mandan mucho sin saber para qué... Podemos mejorar, por supuesto, porque nuestra democracia es igual de buena y de mala que otras muchas y porque las cosas funcionan cuando seguimos el libro de instrucciones. Luces y sombras: no todo es blanco, ni tampoco negro. Así es la vida, secuela de la condición humana...


BENIGNO PENDÁS
Jurista

EL socialismo contemporáneo es fuente de perplejidad para el historiador de las ideas. Ante todo, vive de tópicos posmodernos. Pensamiento débil: la realidad es una construcción arbitraria que nos propone un modelo para armar a base de fragmentos.

Cada sujeto hace su propia lectura, ni mejor ni peor que las ajenas. Admito que, por razón de oficio, los políticos están menos obligados hacia la lógica que el resto de los mortales, acaso porque el poder -ejercido o deseado- es causa de profunda ansiedad. Sin embargo, en España hemos ido demasiado lejos. Cada uno dice lo que quiere. Las palabras ignoran la ley de la gravedad. Muchos imitan al personaje de Joseph Conrad: «flotaré; así me desquito de la vida real». Mal asunto tropezar con la realidad. Recesión es más que crisis. El desbarajuste territorial desata la guerra de todos contra todos. El optimismo es una falacia condenada al fracaso. El desánimo se apodera de la buena gente, por razones materiales pero también morales.

En tiempos difíciles, la legitimidad del poder sustenta un clima de confianza y estabilidad. Con sus grandezas y servidumbres, la Transición nos dejó unas señas de identidad colectiva como nación renovada. Le han hecho mucho daño, sea por oportunismo, por inconsciencia o por ideología: un proyecto sugestivo suplantado, diría Burke, por una «libertad mediocre».

Mediocre, en efecto, porque la obra bien hecha no sirve para nada en un ambiente propicio a la chapuza como fórmula recurrente para salir del paso. Cada día es más difícil ofrecer ejemplos atractivos a la hora de despertar una vocación política, académica, incluso profesional. Si arraiga el sentimiento relativista del «todo vale» y «cada uno a lo suyo» es inevitable que la gente busque atajos para llegar a una meta que ofrece ventajas materiales pero ninguna satisfacción moral. El triunfo de los mejores es un principio normativo de la justicia pero también una necesidad práctica del bienestar social. Por supuesto, no es suficiente llenar el boletín oficial de planes sobre la excelencia para luego dejar las cosas como están. Muy al contrario, la retórica vacía de contenido irrita con razón a las personas de espíritu sensible. Aquí y ahora es inevitable sospechar que los peores ganan con demasiada frecuencia.

He aquí un ejemplo que conozco bien. Hay excelentes funcionarios perdidos en un rincón oscuro del organigrama, víctimas a veces -por activa o por pasiva- del acoso de un superior inicuo. Hay profesionales solventes cuya capacidad no cuenta a la hora del ascenso, la recompensa, el premio al esfuerzo honrado y eficaz. La calidad suele ser un estorbo en determinados ambientes. Disminuyen así el rigor, la pulcritud, el cumplimiento fiel del compromiso a tenor de lo pactado. Las formas de la vida cotidiana reflejan una sociedad hosca y malhumorada. En vez de la sedicente «educación para la ciudadanía» hacen falta unas cuantas clases de urbanidad y buenos modales en el grado más elemental. Cuando el mérito no sirve, el ambiente se adapta al nivel de los peores. Lo estamos pagando muy caro en la crisis actual.

Socialismo flotante, decía, anclado en tópicos que los partidos europeos abandonan a toda velocidad. El SPD alemán, tapado por la Gran Coalición, gira hacia el viejo centro socialdemócrata y marca diferencias con la izquierda populista. Los laboristas británicos perderán las elecciones, sin duda por culpa suya, pero no renuncian a la sensatez propia de su raíz fabiana. Ni siquiera los socialistas franceses o la sinistra italiana pretenden arreglar sus fracasos recientes con excesos radicales que nadie quiere escuchar. Lo contrario sería una forma segura de prolongar la penitencia. En cambio, el PSOE mezcla palabras melifluas con guiños al extremismo. Ocupa su tiempo, sobre todo, en lanzar cortinas de humo para ocultar las penurias del mal gobierno. Son maniobras a corto plazo, muy al gusto del presidente. Por cierto, ¿conocemos al personaje a estas alturas?

Los afines no suelen debatir sobre la personalidad del jefe. Les gusta, claro, siempre que gane elecciones y fastidie a la derecha. Los escépticos callan: son muchos, aunque cada día mandan menos. Los adversarios discuten, antes con pasión, ahora resignados. Llueven las descalificaciones, a veces contradictorias: sectario, frívolo, oportunista, resentido... Les propongo una interpretación sencilla.
Zapatero es un profesional del poder, criado en el Estado de partidos y la democracia mediática, a cuyo servicio utiliza un discurso confuso contra la derecha, tal vez porque confía más en las debilidades ajenas que en las fuerzas propias. Cree en el partido, pero es escéptico sobre las instituciones: por eso no sabe reaccionar ante el nuevo mapa político. Posmoderno por convicción -valga la paradoja- vive siempre en presente, maneja lugares comunes y se confunde con el paisaje de una sociedad sin pulso. A pesar de las apariencias, no es un rival desdeñable. El azar le ofrece otra oportunidad: la hora de la constitución en el País Vasco exige sentido de Estado para no defraudar las expectativas. Se admiten apuestas ...

Una sociedad que prescinde de la excelencia corre grave riesgo, incluso en tiempos poco proclives a la admiración. «Nada quedará sin castigo», según la rigurosa sentencia del Dies Irae. No crean que hablo del Apocalipsis, acaso lejano e incierto, sino de la pura y simple mediocridad. Peligro singular en un país como el nuestro donde los odios políticos no descansan un solo día. Sin embargo, tenemos cierto talento, casi siempre disperso y mal organizado. Con tantos defectos, hemos fabricado una historia, una lengua y una cultura de primer rango. Contamos con un activo reciente, la Transición democrática, cuyo espíritu tenemos el deber de preservar. Entendemos mal los matices grises de la existencia y tropezamos en lo más sencillo después de superar la dificultad más grave. La culpa sea nuestra, pero -al margen de sus miserias- esta sociedad merece más de lo que tiene.

Examen de conciencia sobre la vida pública. Con excepciones valiosas, en los partidos, las administraciones o las instituciones, los buenos caen en el fatalismo; los tibios prosperan sin gloria; los intrigantes mandan mucho sin saber para qué... Podemos mejorar, por supuesto, porque nuestra democracia es igual de buena y de mala que otras muchas y porque las cosas funcionan cuando seguimos el libro de instrucciones. Luces y sombras: no todo es blanco, ni tampoco negro. Así es la vida, secuela de la condición humana. Por eso conviene buscar solamente lo posible, como decía Bentham, tan sensato como aburrido. He aquí la petición urgente: que vengan los mejores. Al Estado y a la sociedad civil, al gobierno y a la oposición, a las elites y a las masas: el futuro de España nos concierne a todos. Recuerden a Henry James, maestro del buen gusto: «Ninguna cursiva puede dar idea de la sinceridad del énfasis».

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